Mort Cinder

Héctor Germán Oesterheld , Alberto Breccia

[Astiberri 2017]

A través del tiempo llega a nosotros Mort Cinder, el hombre de las mil y una muertes, más de medio siglo desde que el 20 de julio de 1962 apareciese en origen entre las páginas del número 714 de la revista argentina Misterix. En si mismo Mort Cinder es, como personaje, una alegoría de esa capacidad que comparten el dibujo y la escritura – la esfera gráfica – de alzar el vuelo, desplazarse en el espacio-tiempo y, por tanto, pervivir superando la muerte. Porque, claramente, de muerte estamos hablando con un personaje bajo este nombre, como confesaba el mismo Alberto Breccia a Antonio Martín en 1973:

“En ese periodo mi esposa enfermó muy grave, se le hizo un trasplante de riñón y al final murió, esto me hundió en todos los sentidos moral y económicamente. Entonces dejé la Historieta, cuando ya había dibujado 206 páginas de Mort Cinder, porque mientras lo estaba haciendo yo tenía que ir a los institutos de fabricantes de remedios y pedir medicamentos con certificado de indigencia, porque yo ganaba entonces 4.500 pesos y mi mujer necesitaba 5.000 pesos diarios.” [1]

Moldeadas a partir de la novela El vagabundo de las estrellas (1915) de Jack London y El inmortal (1949) de Jorge Luís Borges, así describe el propio V. G. Oesterheld las aventuras de Mort Cinder:

“Se inician siempre con un objeto que aparece en la tienda de Ezra, el anticuario. Siempre me han fascinado los objetos viejos, no por su estética sino por las historias que encierran, todo objeto está impregnado de una vida pasada. Me atraen los recuerdos, aunque no sean míos ni de nadie. Mort Cinder es la muerte que no termina de serlo. Un héroe que muere y resucita. En Mort Cinder hay angustia, tortura. Respondía quizá a un particular momento mío, pero mucho de ese clima lo determinó Breccia, más torturado que yo. El dibujo de Breccia tiene una cuarta dimensión de sugestión que lo aparta de los demás dibujos que conozco: esta sugestión inacabable la valoriza y suscita ideas en el guionista.” [2]

Condenado a la eterna resurrección, testigo de vista – histor como decían los griegos – de los acontecimientos cruciales de la humanidad, Mort Cinder es un viajero en el tiempo o, mejor dicho, en la Historia porque sólo viaja al pasado a través de flashbacks mientas el futuro parece trágicamente bloqueado por diversos tríos de Parcas – los ojos de plomo, los reyes de Babilonia o, ya en otro cómic, los tres policías de El corazón delator.

En esta intersección entre muerte e Historia – vida personal y colectiva – surge su figura heroica, responsabilidad que arrastra grávidamente junto a una incierta culpabilidad pasada como asesino. El humanismo socialista de Oesterheld se muestra así bien lejos de la antropología optimista que, de común, acompaña a esta doctrina, y se tiñe de existencialismo. Y tiñe con él algunos tópicos del humanismo como el momento en que nuestra especie pierde su unidad según la mitología cristiana, la torre de Babel, o la relevancia del rostro personal, ajado por la experiencia del tiempo.

“La primera aventura no salió nunca porque había un problema con Mort Cinder, cuyo argumento estuvimos discutiendo con Oesterheld tres meses, hasta que nació como nació. Yo me puse a buscar el personaje, pero así, en frío… Entonces le pedí, “mirá, vos comenzás la aventura, pero hasta quince o veinte páginas que no aparezca Mort Cinder, que aparezca el viejo, que el viejo voy a ser yo…”
[3]
La cara de Mort sería finalmente la de su asistente Horacio Lalia mientras Breccia daría su rostro a Ezra – narrador que se expresa mediante cartuchos – en una suerte de incorporación moral, para poder hacerse “un personaje interior a semejanza de Oesterheld” , un monólogo de la conciencia brillantemente representado en el episodio de la celda de aislamiento (Fig. 1).

Fig 1- Alberto Breccia “En la penitenciaria: el frate”

Podría reprocharse al humanismo de esta obra maestra que – tras la larga historia de introducción, Los ojos de plomo – la pareja protagonista recorra en sus nueve episodios diversos lugares de un mundo “de hombres”: la primera línea de combate, el mar, la cárcel… La única mujer que aparece en las aventuras es una madre en duelo y la luna – símil femenino por excelencia – se reitera como influjo malévolo: objetivo de la torre de Babel, nombre del barco negrero, rayo mortal de los sacrificios precolombinos…

Sí hay un par de mujeres – prostitutas de un western – al final del volumen, en el guión literario por viñetas detallado según planos. Lamentablemente, Breccia no llegó a dibujarlo pero este nos permite restituir su proceso de colaboración con Oesterheld. Tras discutir y cerrar juntos el escrito de un nuevo episodio, Breccia delineaba en primer lugar la retícula de viñetas vacías, se encargaba, por tanto, de la puesta en página, tres a la semana. En ese momento hace su entrada la paleta del maestro.

Para valorar el dibujo de Breccia debemos tener en cuenta, en primer lugar, las fuentes a partir de las que se forjó. Al igual que su amigo Hugo Pratt, Breccia “aprendió a contar en imágenes” con Milton Caniff, el gran dibujante de las tiras de aventura americanas de los años treinta. Esto significa – como recordará cualquier lector de Apocalípticos e integrados de Umberto Eco – una herencia muy específica: aquella vinculada a la serialidad y a la organización cinematográfica de la secuencia de planos. Por primera vez en Mort Cinder, Breccia rompe con este canon:

“Un día dije: ― Se van todos a la puta madre que los parió. Yo hago lo que se me canta; total, más jodido no puedo estar. Y puedo dibujar con la alegría con que se debe dibujar. Porque el dibujo tiene que ser, fundamentalmente, alegría o angustia […] Tenés que meter las tripas en lo que estás haciendo […] Eso me permitió hacer un montón de experimentaciones, que muchas vendieron y otras no, no vendieron mucho. Pero de todas maneras cuando hice las concesiones tampoco vendía demasiado.”[4]

Y así en Mort Cinder se despliega un verdadero catálogo de técnicas gráficas: salpicaduras, tramas mecánicas, témpera blanca, arañazos con punzón, cepillados, manchas de agua, sellos a partir de diferentes objetos como tampones o hilos pegados y, sobre todo, el uso de la cuchilla Gillette como espátula y pincel de tinta a la vez. Los objetos dejan su huella física en el dibujo de Breccia – tal como aquellas cosas de anticuario impregnadas de vidas pasadas – aproximando su técnica a las investigaciones del arte informalista de pintores como Henri Micheaux, Manolo Millares o Antonio Saura, tan sobrecogidos por el trauma de la guerra, ese universo que en palabras de Bataille: “no se asemeja a nada […] solo es informe […] como una araña o un escupitajo”.

Fig. 2- Alberto Breccia “La nave negrera” en Mort Cinder

 

Por supuesto, un dibujo, el de Breccia, aquí siempre en claroscuro expresionista o, más bien muchas veces, dibujado con el blanco, implicando la mente del lector en la reconstrucción volumétrica de las figuras, táctica después muy copiada por otros autores, como Frank Miller. Todo al servicio de lo que el maestro denominaba “el clima”, un estilo que por su poder visual contagie una atmósfera específica al relato.

Fig. 3- Alberto Breccia “Los ojos de plomo”.

“En Mort Cinder había estudios muy profundos de iluminación. Antes de llegar a graficar —es decir, con lámparas, con velas—, yo estudiaba con mucho cuidado la iluminación, buscando efectos que me importaban y utilizando, en aquel entonces, más que nada las hojas de afeitar para trabajar en lugar de la pluma o el pincel […]. He usado hasta manubrios de bicicleta para dibujar, aunque puede parecer exótico.”[5]

En suma, Mort Cinder es el acta de fundación de un estilo visual en el Noveno Arte, aquel que se aproxima a la pintura en su sentido más gestual y matérico, aquel que continuarían, ya en la década de los ochenta, los autores del color directo europeo como Enki Bilal o los dibujantes “pictóricos” angloamericanos como Bill Sienkiewicz o Dave McKean.

Aquí hay que dar las gracias a Astiberri porque, dejémoslo claro, de entre las ediciones impresas hasta el día de hoy de Mort Cinder, acaba de publicar la mejor. No es ya que supere, obviamente, la argentina de Colihue, bien intencionada pero con papel de lija. No es ya que supla la polémica edición en forma de libro que Planeta entregó en los noventa, con los negros quemados. Es que mejora la de Lumen de 1980, mutilada, remontada y que el propio maestro calificó de “desastre”.

Y esto es así por varios motivos. En primer lugar porque reproduce las páginas tal y como fueron publicadas, alternando las primeras entregas horizontales a la italiana con el posterior formato vertical de revista. En segundo lugar porque ofrece como apéndice el último guión inédito de Oesterheld. Y, finalmente, por su proceso de recuperación de originales, no siempre disponibles, que nos permiten apreciar el inmenso trabajo gráfico de Breccia casi como en una “edición de artista” de las que ahora proliferan. Obviamente, todo tiene un precio y, en un ejercicio de honestidad encomiable, el aspecto visual oscila entre página y página según se reprodujeran a partir de un original o de una anterior versión impresa.

Haciendo creer a un adeudado Oesterheld que venderían Mort Cinder en Norteamérica, Breccia le convenció para finiquitar el legendario episodio de Las Termópilas, broche de oro final la serie. Su talento gráfico, que estallaría a partir de entonces, necesitaba nuevos campos de exploración como le volvió a demostrar dos años después al incorporar el collage en su nueva historieta Richard Long.

Sin ningún género de dudas, esta reedición princeps de Mort Cinder es un acontecimiento que restituye el lustre del maestro, la riqueza en texturas y matices del dibujo de Alberto Breccia – probablemente el autor más importante de la Historia del Cómic en lengua castellana – aquí al servicio del no menos prodigioso guión de fantaciencia a cargo de su eterno compañero, H. G. Oesterheld. Tal y como divaga el anticuario Ezra Winston sentado en su butaca durante el relato de El vitral:

“La luz que partió de una estrella a mil años luz de nosotros seguirá llegando aunque la estrella haya desaparecido desde hace siglos y mil años luz no es distancia para el universo. Luz fósil. Vida fósil.”

Mort Cinder, imprescindible.

 

[1] MARTÍN, Antonio. GIMÉNEZ, Carlos. GARCÍA, Luís (1973) “Un autor de hoy: Alberto Breccia” en Bang nº 10, pp. 4-7

[2] V. G. Oesterheld cit. en MASOTTA, Óscar (1970) La Historieta en el mundo moderno Barcelona: Paidós, p. 152.

[3] GROENSTEEN, Thierry (1992) Entrevista a Alberto Breccia Angulema: CNBDI.

[4] MARTÍN, Antonio. GIMÉNEZ, Carlos. GARCÍA, Luís (1973) “Un autor de hoy: Alberto Breccia” en Bang nº 10, pp. 4-7

[5] ALTARRIBA, Antonio (1991) “Entrevista a Alberto Breccia” en Maestros del Cómic Vitoria: Euskal Pictures International. Tomado de la transcripción de Jesús Cuadrado en Blokes 01: Breccia para siempre. Colectivo de Comunicación Nutria.

  • Mario Lucioni

    Aún no tengo la edición de Astiberri (me tiene que llegar) pero me parece entender que en algunas páginas, cuando el original no estaba disponible, han utilizado la versión “quemada” de Planeta: curioso porque la de Planeta se basó en la edición italiana de Imago Libri en cuatro tomos, que reproducía Mort Cinder en grises.

    Lo que he visto de la edición de Astiberri reproducido de los originales se ve espectacular, pero creo que es un error considerar que Breccia lo dibujó para ser reproducido en grises: en la misma Misterix aparece Wheeling de Pratt que está reproducida en grises, o sea que habrían podido hacerlo si hubiesen querido. Y la edición parcial de Mort Cinder en 1969, en tabloide, que a Breccia le gustaba mucho y para la que participó con entusiasmo creando nuevas caricaturas de sí mismo, de Oesterheld y del editor (Martínez Peyrou), estaba hecha “quemando los negros”. Y lamento el rotulado informático aunque la fuente utilizada es decente, a diferencia de la de Planeta, que cuando la ví hizo que el libro se me cayera de las manos, de tan fea.

  • Vampiroteutis

    Muy buen apunte. Ya indico que las páginas bailan. No creo que sea posible la edición perfecta, cada una es hija de su tiempo. Coincido en que obviamente las páginas de Breccia estaban pensadas para editarse en negro y no recoger los trazos de rotulador en las zonas de masas, por ejemplo. Digamos que quizás aquí se han pasado de puristas, pero creo que en la de Planeta claramente se les fue la mano en sentido contrario. En la introducción indica que recuperaron las páginas a partir de originales cuando fue posible, no indican de donde extrajeron las demás reproducciones. Sin duda hay un punto donde indiscutiblemente mejora la de Planeta: el formato. En cualquier caso, a mi juicio, es la mejor edición en castellano disponible.

  • Mario Lucioni

    Ahora que ya la tengo me ha decepcionado un poco: el tamaño un poco chico (me hubiese gustado que fuese del tamaño de la edición de Lumen) y la tinta negra muy clara. Incluso, comparando con mis fotocopias de la publicación original en Misterix, algún detalle se ha perdido.