Los 13 mejores cómics nacionales de 2018

7. Nieve en los bolsillos

Kim

Al apostar, asimismo, por un alto grado de naturalismo y de sinceridad, Kim renuncia a cualquier ramalazo sentimentaloide o moralista, pues al fin y al cabo, para él, aquello fue una auténtica aventura, como reconoce en más de una ocasión, en contraste con la situación de sus compañeros de viaje. Va recordando con pulcritud cronológica, desmenuzando los pormenores si el argumento lo exige, o pasando por alto cuestiones intrascendentes. Sabe seleccionar bien los momentos, dosificar la información y equilibrar los diálogos con los textos de apoyo para evitar que no suenen ni reiterativos ni huecos. No hay énfasis, ni escenas culminantes, dotando al cómic en su conjunto de un innegable valor testimonial, como si los diferentes narradores estuvieran contándonoslo directamente a nosotros mismos.

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6. Poulou y el resto de mi familia

Camille Vannier

La habilidad de Camille Vannier se basa en construir, a través de estas memorias, un relato que atrapa a un lector seducido por conocer más detalles de su peculiar familia. Este es el tercer cómic de esta francesa afincada en Barcelona, tras El Horno no funciona (Sins Entido 2011) y Tuerca y Tornillo (Apa Apa 2015). Con un estilo de dibujo personal que recuerda los trazos de lápiz y un planteamiento de página sin viñetas y donde el peso lo lleva el texto formando parte del dibujo, que cambia de color y de tamaño como parte de la página, dependiendo de quién lleve la voz, o la intensidad de lo que se quiere expresar. Un planteamiento que lo acerca al libro ilustrado pero sobretodo al relato oral, y proporciona una lectura alejada de la estructura de viñetas más tradicional pero que fluye con gran naturalidad, ayudando además a dar el tono de comedia que busca Camille en esta obra. Un tebeo basado en la vida de su familia que es toda una delicia.

5. Los puentes de Moscú

Alfonso Zapico

Los puentes de Moscú no es una obra maniquea sobre “buenos y malos”. Un conflicto tan largo, doloroso y complejo como el vasco no lo merecería. Y, a pesar del tema, es un relato positivo, luminoso.  Junto al film La pelota vasca del director Julio Medem , estamos ante una de las más claras reivindicaciones del diálogo como solución a cualquier tipo de conflicto.

No es casual que la edición vasca de la obra se haya titulado Zubigileak  (Los que construyen puentes). Difícil encontrar una palabra que defina mejor lo que simbolizó este encuentro.

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