Los 13 mejores cómics nacionales de 2017

Con buen ojo, y sin cargar las tintas, Martín Romero (Xión, A Coruña, 1981), recrea las secuelas más íntimas e inmediatas de la globalización, del desempleo, de la crisis económica o de la pasividad generalizada frente a los auténticos problemas de nuestra sociedad.
La base de la historia se halla en los silencios y en la claridad expositiva: una línea limpísima, viñetas grandes, narración tradicional y páginas con baja densidad de población. Con esos elementos ha dado forma a su mejor tebeo hasta la fecha, más ambicioso y menos dubitativo de cuantos le conocíamos.
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A Roberto Massó le seguíamos la pista desde aquel estupendo Medieval Rangers (Dehavilland), relato acotado a la imaginería religiosa en todas sus vertientes donde se ponían ya de manifiesto las bases de su peculiar universo narrativo: relatos mudos protagonizados por personajes de cierta impersonalidad. Con ciertos ecos de Yuichi Yokoyama. En el Ruido Secreto las virtudes intuídas de Massó acaban por destaparse en un relato de amplísimas lecturas que es un homenaje a la tremenda y revolucionaria personalidad escénica de Loïe Fuller, al mismo tiempo que se muestra como un excelente ensayo de tintes poéticos sobre el arte secuencial.

Ana Penyas (Valencia, 1987) no sólo muestra desnuda sus recuerdos familiares, sino que pone voz en las vidas silenciadas de toda una generación de mujeres, mediante un dibujo áspero que nos hace intuir ya una personalidad a tener en muy cuenta.
Obra ganadora del premio de Novela Gráfica FNAC/Salamandra de 2017. Esta historia tiene su origen en un trabajo de clase de Bellas Artes y une el discurso narrativo propio del cómic con el estilo de dibujo que proviene del mundo de la ilustración. Marco en el que Penyas ha desarrollado un estilo propio, dando lugar a un dibujo que recuerda el uso del lápiz mezclado con un juego cromático limitado que le sirve para diferenciar personajes y tiempos narrativos.

La sorpresa del año, el álbum perdido de Jan, planeado para aparecer por entregas en la revista Strong, antes de que esta quebrara y desaparecieran con ella los originales de esta historia, en un episodio más de injusticias ante los derechos del autor tan frecuentes en la época.
Jan (1939, El Bierzo) ha reconstruido prácticamente de cero lo que debía haber sido el álbum de 1971, partiendo de las anotaciones de guiones, fotocopias, y creando las últimas páginas prácticamente sin referencia. Ha recuperado los colores, el dibujo es más redondeado que el Superlópez actual, y ha respetado todos los detalles de una época, incluso personajes fumadores.
Una recuperación del patrimonio de la historieta a la vez que una novedad, toda una sorpresa.

Colazo se aproxima a la novela gráfica con una historia de sucesos paranormales, con un toque muy a
lo Expediente X. Más que presentar la experiencia extraterrestre e imaginar seres de otros planetas, su relato se centra en la experiencia de aquellas personas que dicen haber sido abducidas.
Con un dibujo de estilo naïf, con claras influencias del manga y del universo Cartoon Network, consigue sobrecoger al lector. Un historia que deleitará a los aficionados al tema a la vez que seducirá a los lectores más escépticos. Genial.

La balada de Jolene Blackcountry no es un cómic que se pueda leer y ya. Es un cómic que se debe experimentar. Es como el lisérgico viaje final de 2001, una odisea del espacio: que me parta un rayo (fosforescente, claro) si lo entiendo a la primera, pero es un viaje que tendré el placer de emprender muchas, muchas más veces. Con todos los sentidos puestos en él.
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“¿Habéis llegado bien?” – así comienza Nuevas estructuras de Begoña García Alén (Pontevedra, 1989), con un saludo que nos sitúa de inmediato tanto en la historieta que estamos leyendo como en relación a los juegos con el lenguaje que nos anuncia. Dividido en cuatro capítulos – la casa, el proyecto, el sueño y la construcción – este tebeo presenta el viaje de unos técnicos para ampliar una finca campestre, renovando así la asociación entre la secuencia de viñetas in praesentia y la sección vertical de un edificio, una imagen recurrente de Will Eisner a Chris Ware pasando por 13, Rue del Percebe.

A pesar de que Jojaio no es un autor fácil, ni  tampoco apto para todos los públicos, el resultado final no deja de sorprender. Febrero para galgos es un tour de force que no hace concesiones y que difícilmente dejará impertérrito a ningún lector. Jojaio nos cuenta la historia de amistad de dos niños desde el punto de vista de uno de ellos.
Febrero para galgos puede llegar a convertirse en una piedra angular en la obra de Peter Jojaio. Un trabajo en el que ha invertido mucho tiempo y esfuerzos para encajarlo todo.
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Segundo asalto en largo de Ángel de la Calle (Salamanca, 1958), un autor que pese a ser un tanto desconocido es una de las almas fundacionales de la novela gráfica en España: asiduo en revistas de renombre como Zona 84, Heavy Metal, El Víbora, Star..
A través de una autoficción (el autor se convierte en parte de la historia) la Calle traza una fascinante historia con referencias a las dictaduras latinoamericanas, la guerra de Argelia y que tiene la figura de Jean Seberg como punto de partida. Un artefacto de una precisión narrativa deslumbrante.

Tras la buena acogida que obtuvo la anterior entrega de Corto Maltés por parte de los, siempre exigentes, devotos, Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero retoman al personaje de Hugo Pratt en una aventura que los conducirá al continente africano, concretamente a la mítica Equatoria (Guinea) tras el legado del preste Juán (obsesión también del carnicero Rey Leopoldo).
En este caso ocurren muchas cosas aunque todas ellas están perfectamente hilvanadas, con un compás y un ritmo más vivo que el del propio Hugo Pratt. La asociación Canales/Pellejero para recoger el difícil testigo de un personaje mítico queda más que ratificada en este segundo volumen, Corto está en buenísimas manos.

La acertadísima apuesta gráfica de Torices apoyada sobre los conocimientos del (erudito en materia cortazania) Jesús Marchamalo hacen de este Cortázar un grandísimo tebeo capaz de atraer tanto a neófitos como a expertos; capaz de satisfacer a quienes conocen al dedillo los detalles de su vida pero capaz también de provocar la curiosidad de todos aquellos que todavía no conocen el universo de uno de los “más grandes escritores de nuestro tiempo” (Joaquín Soler Serrano díxit).
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A través de cinco relatos cortos, Sánchez presenta lo que bien podría ser la base teológica de una nueva religión nacida en unos páramos post-apocalípticos a medio camino entre los escenarios de Mad Max y el desierto de Tabernas. Una aproximación a la religión y al vacío post-apocalíptico anclada en el personal universo del autor. Apabullante, otra vez.
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El Cosmonauta es de nuevo una filigrana de Pep Brocal (Terrassa1 967), una historia de ciencia ficción blanda muy al estilo de la New Wave que se lee con una sonrisa en los labios. Giros argumentales que crean la sorpresa, y que consiguen despertar la reflexión tras su lectura. Su ficción es icónica, conceptual, como el grafismo que utiliza para representarlos.
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