Los 13 mejores cómics nacionales de 2018

Lo que más llama la atención de ¡Cuidado, que te asesinas! es su estética, empezando por su atractiva portada con una Centramina de peluche fotografiada en fondo azul. En el interior nos encontramos con el dibujo de Lorenzo Montatore (Madrid, 1983) , que presenta un trazo grueso, sintético y lleno de movimiento. Los colores planos y saturados recuerdan mucho al tebeo clásico.

Durante el cómic se mezcla la narración de la noche con algunos fragmentos de la novela de Centramina inspirados por los sucesos que pasan y flashbacks de la vida de los protagonistas. A pesar de mantener el tono caótico, estas transiciones a base de cambios cromáticos (la novela está en blanco, rojo y negro, mientras que el resto está a todo color) están muy bien llevadas y resultan una maravilla.
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Rey Carbón és una de aquellas obras que nunca se acaban. Después de más de 40 años de carrera, sin olvidar en ningún momento de dónde viene -dedica el libro a Roger Subirachs, compañero de oficio desde los tiempos del Rrollo, que murió en el 2017- Max mantiene intacto el espíritu innovador, las ganas de encontrar nuevos caminos, de dar con el tuétano de aquello que conocemos como historieta. Ya no necesita apenas texto, el dibujo es su lenguaje, todo cuanto necesita para explicarse, para adaptar un texto de Plinio el Viejo sobre el origen de la pintura (la historieta) y dar lugar a una obra narrativa que dialoga de tú a tú con clasicismo y vanguardia, la experimentación y lo académico. El gigante blanco, su contraparte negra y escuálida, la urraca que acompanya la última etapa del barcelonés, los hilos y los contornos, las cuevas y otras paredes, las humaredas tramadas que salen de la pipa y los grabados mecanicistas; todo un recorrido por la historia de un arte, el del dibujo (el de la historieta) que aún tiene mucho que aportar. Sobre todo en manos de orfebres que mantienen intacta la curiosidad del neófito. Como acostumbra, Max invita a rebuscar en su blog nuevos caminos, pistas e inspiraciones que complementan aún más la lectura.

No se puede entender Pulse Enter para continuar como la primera obra larga de Galvañ, que se mantiene fiel a las distancias cortas. Estas cinco historietas breves, la mayoría de ellas realizadas ex profeso (solo la primera ya había sido publicada dentro de la antología Hoodoo Voodoo), están unidas por una madeja de hilos conductores, pero manteniendo cada una de ellas una fuerte personalidad propia e identificable. Las une un aroma común, melancólico, triste y desesperanzador, y las distancia la particularidad del tema a partir del cual se moldean aparentemente libres, espontáneas.
Para aquellos que todavía no estén familiarizados con los trabajos anteriores de Galvañ (entre los que podríamos destacar Trabajo de clase o sus colaboraciones para Teen Wolf o Voltio), este tebeo es la toma de contacto perfecta con su particular micro-cosmos, un entorno alejado de los paisajes acogedores y cómodos.
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No es difícil aventurar que por lo atractivo de su propuesta The Black Holes acabará muy probablemente en muchas listas de lo mejor del año dentro de unos meses. Este es definitivamente el “aquí estoy yo” de un autor que demuestra una voz propia y un estilo singular. Para aquellos que se sientan a gusto en su mundo, pueden rescatar su obra anterior, La Reina Orquídea (El Verano del Cohete 2016), además de su Menneval, un pequeño cómic de 20 páginas que acaba de editar Spiderland/Snake, mientras esperamos con ganas su próxima obra larga.
The Black Holes es una apuesta sugerente y atrevida que destila belleza en cada página. Una obra que invita a reflexionar sobre la nostalgia, el acto de crear y las herencias entre pasado y presente. Un agujero negro al que realmente vale la pena asomarse.
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Los puentes de Moscú no es una obra maniquea sobre “buenos y malos”. Un conflicto tan largo, doloroso y complejo como el vasco no lo merecería. Y, a pesar del tema, es un relato positivo, luminoso.  Junto al film La pelota vasca del director Julio Medem , estamos ante una de las más claras reivindicaciones del diálogo como solución a cualquier tipo de conflicto.
No es casual que la edición vasca de la obra se haya titulado Zubigileak  (Los que construyen puentes). Difícil encontrar una palabra que defina mejor lo que simbolizó este encuentro.
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La habilidad de Camille Vannier se basa en construir, a través de estas memorias, un relato que atrapa a un lector seducido por conocer más detalles de su peculiar familia. Este es el tercer cómic de esta francesa afincada en Barcelona, tras El Horno no funciona (Sins Entido 2011) y Tuerca y Tornillo (Apa Apa 2015). Con un estilo de dibujo personal que recuerda los trazos de lápiz y un planteamiento de página sin viñetas y donde el peso lo lleva el texto formando parte del dibujo, que cambia de color y de tamaño como parte de la página, dependiendo de quién lleve la voz, o la intensidad de lo que se quiere expresar. Un planteamiento que lo acerca al libro ilustrado pero sobretodo al relato oral, y proporciona una lectura alejada de la estructura de viñetas más tradicional pero que fluye con gran naturalidad, ayudando además a dar el tono de comedia que busca Camille en esta obra. Un tebeo basado en la vida de su familia que es toda una delicia.

Al apostar, asimismo, por un alto grado de naturalismo y de sinceridad, Kim renuncia a cualquier ramalazo sentimentaloide o moralista, pues al fin y al cabo, para él, aquello fue una auténtica aventura, como reconoce en más de una ocasión, en contraste con la situación de sus compañeros de viaje. Va recordando con pulcritud cronológica, desmenuzando los pormenores si el argumento lo exige, o pasando por alto cuestiones intrascendentes. Sabe seleccionar bien los momentos, dosificar la información y equilibrar los diálogos con los textos de apoyo para evitar que no suenen ni reiterativos ni huecos. No hay énfasis, ni escenas culminantes, dotando al cómic en su conjunto de un innegable valor testimonial, como si los diferentes narradores estuvieran contándonoslo directamente a nosotros mismos.
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Cada asalto de Paco Roca a la multitud de géneros que abarca el difuso término (ya da hasta incluso rabia utilizarlo) de la novela gráfica parece saldarse con éxito. En El invierno del dibujante y Los surcos del azar certificó su potencia como cronista, en La Casa como narrador total y en La encrucijada explorando nuevos formatos.  Además ha conseguido sobrevivir al tremendo éxito que supuso Arrugas.
En esta ocasión firma a medias junto a Guillermo Corral (que se encarga del guión) una apasionante historia mezcla de aventura y crónica periodística. Excepcional como siempre en la estructura narrativa, Paco Roca se vuelve a postular como auténtico maestro del arte secuencial.

No era una tarea fácil narrar en menos de 200 páginas el desalentador proceso político y judicial de más de 10 años que han sufrido las víctimas sin que el lector pierda el hilo. El trabajo de guión, que aúna capacidad de síntesis y exhaustividad de datos y nombres a la vez, es admirable. Es una obra que hay que leer con calma  para procesar toda la información recibida y que obliga a tragar saliva y emociones.
Estamos ante una obra que, más que una crónica de testimonios, se erige en una denuncia de la indefensión del ciudadano ante una maquinaria político-judicial corrupta y reivindica la fuerza del activismo, de la protesta ciudadana que se mantiene y no se rinde contra la represión y los abusos del sistema. A su vez, quizá sin ser su intención primigenia, alerta de la importancia de la propaganda y la posverdad. La independencia de los medios de comunicación para mantener su papel de altavoz de denuncia del eslabón débil de la cadena pasa a ser cada vez más necesaria.
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Familias, traiciones, robos, narcotráfico, asesinatos, prostitutas y descuartizamientos le acompañan a Mike y a su banda en esta historia de auge y caída de ritmo trepidante. El Método Gemini hace referencia tanto al tugurio de Brooklyn en el que se reúne la banda de Dioguardi como al procedimiento de despiece, desangrado y desaparición de cadáveres que emplea el grupo. Pero antes comentaba la conexión con la saga de la familia DiMeo y, al igual que con Tony Soprano, no falta en este cómic el elenco de secundarios que dotan de entidad a la obra: desde los miembros de la banda, a su familia biológica, las amantes, los otros capos, la policía o los asesinos a sueldo. Un tebeo de género bestial con unos diálogos descomunales, donde no faltan las logias y los ritos iniciáticos. Impepinable.
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El último cómic del maestro Daniel Torres (Teresa de Cofrentes, Valencia, 1958) es un genial rompecabezas, un homenaje al arte de hacer tebeos y a un montón de cosas . A saber y por citar algunas: a su padre, a los cartelistas republicanos, a la prensa satírica anterior a la Guerra Civil, a los cómics del journal de Pif (personaje creado por el exiliado republicano José Cabrero Arnal), a Charles Chaplin y a Picasso, por supuesto.
Jugando con la ucronia, Torres ha orquestrado en esta ocasión una novela gráfica que se lee en una exhalación, pero que tiene mucha más miga de la que pueda parecer tras una primera lectura. Un cómic mayúsculo que ha ido presentando el autor por la península, junto a un enorme dossier en el que mostraba el andamiaje del mismo. Espectacular. Lo mejor es que el valenciano ya tiene dos nuevos proyectos entre manos.

Toda la delicadeza y el ingenio de Juan Berrio se ponen al servicio de una historieta en la que ha estado trabajando durante tiempo, y que según él mismo cuenta, es su primera narración larga y… triste.
En esta crónica de una ruptura, a pesar de la amarga premisa, Berrio es incapaz -por fortuna- de eludir algunos de sus lugares comunes. Su dibujo, a pesar de todo, rezuma ese optimismo que suele  impregnar sus trabajos. Un autor que es capaz de crear un singular lenguaje poético a partir del detalle cotidiano y de la mundanal existencial.

La narrativa de María Medem abre nuevos caminos en forma de viñetas; ya sea a base de espectralidades a lo Richard McGuire o a través de disoluciones surrealistas, geometrías, repeticiones o vanguardias formales.
Los dos protagonistas de este relato se encuentran a diario para explicarse sueños y temores conscientes de estar al final del camino, sin escapatoria, más allá de una inevitable y sangrienta desaparación.
El apocalipsis se puede explicar de muchas maneras, la de María Medem es una de nuestras favoritas.
 

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