Para mí, la hora del comedor era parte central de la jornada escolar. Un paréntesis entre clases en las que te dedicabas a jugar, a encontrar nuevas formas de esconder el filete de pescado rebozado para no tenerlo que comer, intentar hacer amigos nuevos y rellenar bastantes ratos en soledad si eras una patata jugando a fútbol o alguno de tus amigos faltaba un par de días. Cuando llovía la hora de comer se hacía larguísima. Nos ponían una peli en el salón de actos, jugábamos a juegos de mesa bastante gastados o íbamos a la pequeña biblioteca de la escuela a distraernos en silencio.

En esa biblioteca había algunos cómics, sobre todo números de Cavall Fort, algún Lucky Luke -¡más rápido que su sombra!-, Tintín… Entre tantas aventuras, había uno que me atraía más que ningún otro: desde su portada con una pareja de ancianitos y una bomba atómica, Cuando el viento sopla parecía balancear ternura y terror bélico. Entonces no habría sabido explicar qué me pasaba porque era un moquillo, pero su lectura me generó un nudo en la boca del estómago tan profundo que aquella hora del comedor apenas hablé con nadie por miedo a echarme a llorar.

Años más tarde, en un bar, mi amiga y yo entablamos una conversación con la mesa de al lado. Estaban explicando un drama de película: un marido celoso amenazando a su mujer a través de un abogado. “¿Vosotros creéis que esto es normal?” “¡Claro que no!”. Resultó que ella se estaba ausentando del hogar para construir un búnker con la extraña pareja de amigos con quién compartía mesa. Tenían prisa, había que encontrar cómo hacer circular aire allí dentro durante el tiempo que fuese necesario. “¿Por qué tanta prisa?”, preguntamos. “Por Rusia, ¿es que no veis las noticias?”.

Las habíamos visto. Putin amenazaba con invadir Ucrania, llevaba semanas siendo algo inminente y las declaraciones cruzadas con Joe Biden empezaban a incluir amenazas como “fuertes medidas económicas y de otro tipo”. Se hablaba de “consecuencias catastróficas”, y cuando el conflicto bélico finalmente estalló, se empezó a mencionar la amenaza nuclear con declaraciones en absoluto veladas de los presidentes de las mayores potencias mundiales. Todo lo que dijeron esos tres locos apocalípticos en el bar tenía sentido, así que cada uno de sus vaticinios empezaron a repetirse en mi cabeza como un mantra. ¿Y si tenían razón en todo? Entonces seré yo quién está tomando decisiones alocadas. Me imaginé muchísimas veces en ese bunker, conviviendo con una o más personas. Me generaba ansiedad y también me apeteció bastantes veces. La idea llegó a erotizarme un poco. Daba miedo pero me sentía irremediablemente atraído por ese fin del mundo algo chapucero, así que pasaba por delante del bar y me asomaba buscando a los amigos apocalípticos. Nunca aparecieron. En el par de años que han pasado he acumulado muchísimas preguntas para ellos, espero que estén bien.

En alguna de mis fantasías apocalípticas éramos James y Hilda, los protagonistas de Cuando el viento sopla, intentando seguir las instrucciones del gobierno inglés para salvaguardarse de un inminente ataque nuclear. Su apocalipsis pasaba 1980, cuando la televisión británica emitió un documental sobre qué hacer en caso de una explosión nuclear. El miedo era más que real, las soluciones algo caseras. Se armó tal revuelo que se imprimieron panfletos con consejos pseudo-científicos parecidos a los que siguen los protagonistas de nuestra historia. Dos ancianitos que no quieren dejarse llevar por el pánico y depositan toda su confianza en un gobierno que les va a llevar a la extinción como especie.

 

Cuando el viento sopla”: Un manifiesto desgarrador contra la guerra nuclear – Dinamita Pop

 

“Decidir comprar un refugio búnker privado o plazas protegidas en uno colectivo, es algo complejo pero nada descabellado si puede permitírselo.”  En España hay más de 400 refugios antinucleares privados. Puedes hacerlos a medida, para grupos grandes y pequeños, por un precio módico teniendo en cuenta la gravedad de su uso. En la web refugiobunker.com se dice que un refugio de 20 plazas puede tener un precio de 50.000 euros, y un parking en la Moraleja -uno de los lugares con más bunkers privados del estado- te puede costar entre 10.000 y 35.000 euros en Idealista. Hay ingenieros especializados en búnkers como Antonio Alcahud, al frente de una de las mayores constructoras de refugios personalizados y propietaria de la patente de refugios antiatómicos en España, ABQ. Su negocio funciona por oleadas. Durante el 11S apareció en telediarios de distintas cadenas. Entonces el miedo a que ocurriera lo impensable hizo que algunas decenas de familias construyeran este tipo de refugios. Antes fue la crisis de los misiles cubanos y más recientemente alguna teoría conspiranoica sobre la pandemia o la invasión a Ucrania por parte de Rusia. Siempre la misma amenaza con miedos muy parecidos. Si esto escala, todo desaparecerá.

Raymond Briggs (Wimbledon, Reino Unido, 1934-2022) firmó uno de los mejores cómics de la historia retratando a una pareja de viejecitos asustados por la bomba atómica, un alegato antibélico que retrata la catástrofe con una ternura inusitada y me temo que contemporánea. La narración es prodigiosa: James y Hilda leen el diario, escuchan la radio, hablan de los refugios que usaron en la segunda Guerra Mundial, cuando eran niños viviendo los bombardeos como un juego. Confían en el sistema y en sus panfletos informativos, construyen un búnker en casa con puertas y colchones. Intentan mantener la calma como buenamente pueden pensando que todo pasará.

 

Ahora que las noticias vuelven a hablar de posibles futuros catastróficos, en que vemos como nuestros líderes siguen bombardeando lugares donde antes vivía gente, la ternura con que abordan James y Hilda una posible explosión nuclear vuelve a ser necesaria en bibliotecas escolares, bares de barrio y en nuestros órganos de representación política.

 

 

El cómic llevaba años descatalogado, viviendo fuera de foco en cuentas de Todocolección. Ahora Blackie Books continúa la labor de rescate de la obra de Raymond Briggs -iniciada con Ethel y Ernest y Papa Noel– con una reedición prácticamente perfecta, manteniendo la traducción de Rosa Montero, prologada por Paco Roca y complementada por un epílogo de Daniel López Valle y una chichosa entrevista al autor de 2003. Ahora que las noticias vuelven a hablar de posibles futuros catastróficos, en que vemos como nuestros líderes siguen bombardeando lugares donde antes vivía gente, la ternura con que abordan James y Hilda una posible explosión nuclear vuelve a ser necesaria en bibliotecas escolares, bares de barrio y en nuestros órganos de representación política.