¿Hay alguien que a la hora de registrarse en algún servicio o plataforma online se lea todas las advertencias y condiciones de uso que se especifican? En la mayoría de casos, reconozcámoslo, se las ignora alegremente para pasar a la última página y poder aceptarlas sin medir sus efectos. Cedemos nuestros datos con excesiva frivolidad, no a cambio de nada, sino como dice Hannah Fry en Hola mundo, participando por voluntad propia en una especie de trueque en el que, eso sí, se nos compra demasiado baratos.

Algunas de las consecuencias de ese despreocupado ingreso en los múltiples escenarios virtuales existentes, que ha derivado hacia una interconexión exagerada, cuando no hacia una dependencia directa de esas redes sociales que han acabado por desvirtuar la palabra amistad o de la llamada tecnología inteligente, son las que mide a largo plazo Solid State, la novela gráfica firmada por Matt Fraction (Chicago, 1975) y Albert Monteys (Barcelona, 1971) a partir de un disco homónimo del cantautor Jonathan Coulton (Nueva York, 1970). Una distopía –palabra de moda que aquí rebosa de sentido- a medio camino entre la esperanza y el apocalipsis, algo más cerca del polo positivo, que plantea un desenlace plausible al mismo tiempo que reconoce que podrían existir otros muchos.
Siendo el principal objetivo del cómic el de desarrollar pues las ideas apuntadas por Coulton en sus canciones, se da la curiosa casualidad de que se le podría describir además como un capítulo extra largo de Universo, la obra que ha confirmado –por si hacía falta- la versatilidad de Monteys. Desde los tiempos de La Penya, pasando por la fructífera etapa en El Jueves, ha ido aglutinando y combinando en su perfil artístico los mejores rasgos del ninotaire y del historietista hasta alcanzar una espléndida madurez autoral. De ese modo ha protagonizado, durante tan larga etapa una de las evoluciones artísticas más alucinantes e interesantes del panorama tebeístico reciente.

 

Ese espléndido estado de forma le convirtió de hecho en el candidato ideal para plasmar en viñetas el guión de Fraction, quien por otro lado tenía posiblemente la papeleta más complicada de todas, por cuanto debía captar y sintetizar el espíritu del álbum original mientras lo adaptaba a las características del dibujante elegido. En líneas generales sale bien parado del envite, entre otras cosas, porque evita la fuerte tentación de convertirse en un agorero, en un heraldo del cataclismo digital. Por mucho que nos empeñemos aquí no vamos a hallar ningún tipo de temible presagio. Somos lo suficientemente mayorcitos como para saber lo que hacemos cada vez que entramos en Internet para subir las fotos familiares o la crónica pormenorizada de la última comida que hemos deglutido. Se entiende entonces que ya haya quien afirme convencido que el auténtico desastre llegará el día en que se hagan públicas todas las conversaciones de WhatsApp, emoticonos incluidos.

 

Ejercicio fantacientífico libre de artificios y de tópicos, un mérito que hay que repartir a partes iguales con un Monteys pletórico

Entre todos, es cierto, hemos ido construyendo una realidad alternativa, titilante al otro lado de la pantalla, al parecer mucho más interesante que la nuestra, la que palpamos a diario. Sin embargo, a Fraction parece no interesarle demasiado los males de ese comportamiento pues no plantea Solid State como una fatal advertencia; no ha visto el porvenir y ha venido a avisarnos horrorizado. Su planteamiento es más sencillo. Él ha programado el algoritmo, pero solo ha estudiado una de las posibles derivadas. El resultado es un ejercicio fantacientífico libre de artificios y de tópicos, un mérito que hay que repartir a partes iguales con un Monteys pletórico, dueño del montaje y la secuencia, al poder jugar con un formato de gran tamaño, similar a las dimensiones de un LP.
Ambos hacen suya entonces la máxima de que todo está todavía por escribir. Al fin y al cabo, y volviendo por última vez a Fry, “el futuro no es algo que simplemente ocurre; somos nosotros quienes lo creamos”.