Roberta Vázquez es un caso bien curioso dentro del cómic nacional. Autora que ha vertebrado su creatividad en una cosmología propia que, en origen, parecía mirarse sobre todo en Simon Hanselmann, ha desperdigado las vidas de sus personajes de ficción costumbrista por algunas editoriales y sobre todo muchos fanzines. Practica algo así como un “dirty slice of life” ―o costumbrismo chunguete, si nos ponemos castizos― que le ha granjeado cierta fama tanto en el subsuelo como en la superficie mainstream. Su dibujo tiene algo de infantil y algo de underground sucio, y en esa intersección entre lo cándido y las letras del Lou Reed más arrabalero pocos autores patrios hacen sombra a Vázquez.

 

Pero su creciente fama (bueno, fama… vamos, que es una de esas firmas que buscas en Tenderete, en Graf o en Autobán siempre, y que su carrera ya ha alcanzado, incluso, a la revista El Jueves en un work in progress más que esperanzador) necesitaba un buen puñetazo en la mesa. Un trabajo que haga girar más focos aún hacia su persona. Más, digo, porque en el extravagante “caso Roberta Vázquez” hablamos de alguien atendido por el mainstream cultural, pese a ubicar su obra en la contracultura del hazlo tú misma. Así que sí, el reguero de fanzines dejaba en su crecimiento fértil la cosas claras: esto, lo de Roberta, no es mera espuma, no es solo el reflejo de un autor neozelandés sin más como alguno en un principio pudo pensar. Hay en ella, de hecho, una fortísima personalidad que puede aglutinar el zeigest de una juventud entera. La que encara hoy como puede la madurez en un país torcío por la mala crisis que no se va.

Cien páginas a todo color que relatan las anti historias de, créetelo, un pimiento, un helado de cucurucho o una porción de pizza

 

¡Socorro! por tanto es un cierto punto inflexivo porque es el “libro que por fin”, un trabajo ambicioso editado por Apa Apa con todo el lujo que pedía a gritos. Brillante, añadamos de una vez. Cien páginas a todo color que relatan las anti historias de, créetelo, un pimiento, un helado de cucurucho o una porción de pizza entre otras frikadas. Y con ellos saca el selfie perfecto al presente y a esa población aludida, joven pero quizá ya no tanto, desnortada, ambiciosa pero sin cauces para desarrollar esa ambición. Perdedores, vamos. Si la culpable es la sociedad o las pocas neuronas de esos tipos y tipas ya queda para el juicio de cada lector. Yo no creo que sean tan poco cabales esas pizzas y zanahorias (me leo y, madre mía, pero qué locura de tebeo más grande). Y de momento me quedo con esas situaciones tan cotidianas como delirantes que tan bien retrata Vázquez. A veces en una única página.

 

Y me quedo también con diálogos maravillosamente escritos, expresividad increíble en lo imposible (venga, un pretzel con cara, ¿podías imaginarte empatizando con algo así?) o con la paleta de color saturada, feroz pero cálida, de una de las coloristas más contundentes que tenemos en el mercado. Una voz dotada al tiempo de un humor ácido y a veces patético que, pese a las dosis de crítica que abundan en la obra, siempre es vital.

“¡Socorro!” es por todo ello un festín, en el que juega un papel nada menor el juego con el lector. A través de estas criaturas de fábula nos cuesta no entrever el alma de la propia Roberta. O vivencias reales de la autora, como cuando lanza un guiño inequívoco a su participación en el programa de La 2 “Página 2” que le sirve para realizar una graciosísima caricatura ¿personal?