El día más largo del futuro

Lucas Varela

[La cúpula 2017]

Por Ferran Padilla

Siempre he sido un poco reacio al cómic mudo. Ese prejuicio de “aquí falta algo”, de que el cómic son dibujos y palabras, y aquí faltan palabras. Señor librero, a este cómic se le han caído los bocadillos al suelo, devuélvame mi dinero.
Por eso me acerqué a la última obra de Lucas Varela (Buenos Aires, 1971) con un poco de miedo. Miedo a encontrarme medio cómic, a darme de bruces con un simple “por mis narices te hago un tebeo de más de cien páginas sin diálogos” por parte del autor. Un ejercicio que pudiera satisfacerle más a él que a nosotros como lectores. Pues al diablo con mis prejuicios, a Kirby pongo por testigo que nunca más voy a prejuzgar un libro por su portada o por su falta de bocadillos de texto. Al menos, nunca más con un tebeo de Lucas Varela.

Un poco de sinopsis. El día más largo del futuro nos sitúa ahí, en el futuro. O mejor dicho, UN futuro. Uno cuyo poder está dividido en dos grandes facciones/empresas de las que no conocemos el nombre (recuerden, ¡cómic mudo!) y que identificamos a través de dos logotipos sin nombre pero muy parecidos. Una extraña maleta de origen extraterrestre llega a las manos del trabajador de una de esas empresas, desencadenando un auténtico caos a lo largo de todo el tomo, en el que poco a poco irán implicándose más personajes que entrecruzan sus caminos.

Lo primero que llama la atención al abrir el libro es el precioso dibujo de Varela. Con un estilo limpio y con una paleta de colores a priori muy cerrada (rojos para una de las empresas y azules para la otra, en lo que parece casi una alegoría política), el autor dibuja unas páginas que son para enmarcar. Como ya hemos dicho, el cómic carece de diálogos, así que el dibujo lleva todo el peso de la narración, como en una película muda. La acción es muy física, rozando en muchas páginas el slapstick más típico de las películas de Buster Keaton.
El futuro que nos describe Varela es vibrante y colorido a nuestros ojos, pero (muy) oscuro a ojos de sus habitantes: dos corporaciones rivales se dividen el pastel, o trabajas para una o lo haces para la otra, y la más pura simpatía hacia la competencia puede salirte muy cara. No cuesta mucho ver una analogía en la sociedad actual, donde las posiciones se polarizan y debes decidir entre Barça o Madrid, Pepsi o Coca Cola, Apple o… bueno, cualquier otra marca de tecnología que no sea Apple.

Y es que el futuro de la obra tiene ciertas reminiscencias a los mundos paralelos y futuros de series como Rick y Morty o Futurama, donde los personajes de comedia en apariencia más bien blanca tienen a su disposición cabinas de suicidio para teñir el humor del negro más sucio. Es un futuro desolador en cuanto sus habitantes se enfrentan a la pérdida total de su identidad en trabajos que están obligados a cumplir sin rechistar. Basta decir que el cómic empieza con un intento de suicidio…A pesar de este panorama, o precisamente gracias a él, el cómic hace un uso constante del humor, con gags visuales con un ritmo perfectamente marcado viñeta a viñeta.
Formalmente la obra está llena de pequeños momentos brillantes en los que, por ejemplo, el disparo un rayo rompe el esquema típico de lectura y nos lleva por media página hasta atinar a su objetivo, el marco de la viñeta se rompe por una explosión o la narración se ve interrumpida por un anuncio de televisión. Son recursos como estos los que, unidos al excelente dibujo, nos impulsan a leer una página tras otra, llevándonos de la mano por un mundo creado con una maestría admirable.

Algunos diseños de página, además, se benefician enormemente del pasado de diseñador gráfico de Varela para ofrecer unas composiciones bellísimas. Todo para que la lectura de sus 130 páginas se nos haga corta y queramos todavía más. El día más largo del futuro es un precioso ejercicio de estilo que consigue sumergirnos en un mundo fascinante del que no querremos salir. Un tebeo divertido y bellamente dibujado que se presta a un montón de re-lecturas.

Estamos deseando volver a viajar a este mundo, como si fuera una postal del Paraíso pegada en la pared de un retrete. Ojalá Varela decida recuperarlo pronto.