Bastardo

Max de Radiguès

[Dibbuks 2019]

Hay muchas similitudes entre este Bastardo, de Max de Radiguès (Bélgica, 1982), y The End Of The Fucking World (TEOTFW), de Charles Forsman (Pennsylvania, 1982), publicado un año atrás por Sapristi. Ambos han sido premiados – en Angoulême 2018, mejor cómic policíaco el primero, premio Ignatz al mejor minicómic, el segundo -, ambos fueron autoeditados en grapa antes de ser recopilados por editoriales importantes (Casterman y Fantagraphics, respectivamente) y ambos los firman antiguos alumnos de esa cantera de nuevos autores independientes que es el Center of Cartoon Studies de White River Junction, Vermont, que dirigen con tino Michelle Ollie, James Sturm y Stephen R. Bissette. Para rematar la faena, Radiguès y Forsman fueron compañeros de academia durante su paso por el centro especializado.

Bastardo es un noir protagonizado por una joven chica, llamada May y su hijo Eugene. Los dos huyen en coche con un maletero cargado de bolsas repletas de dinero. Los persigue la policía y los socios en la serie de atracos que han perpetrado en una ciudad de la América profunda. Como Forsman, Radiguès utiliza recursos muy sencillos, pero efectivos: una planificación de página diáfana, de tres tiras a dos o tres viñetas, el intercalado de escenas en las que priman las relaciones entre personajes con otras en las que afloran bruscos estallidos de violencia, unas elipsis bien medidas, secuencias en las que narra mayormente el dibujo y un trazo de línea clara que bebe directamente de Charles Schulz. Otro punto fuerte del cómic son los diálogos, breves, concisos y sin florituras.

En este sentido, y al contrario del tebeo de Forsman, Radiguès se emplea en el policíaco y no es baladí las referencias que incluye en sus agradecimientos: Jim Dodge, Jim Harrison, Richard Ford, Larry McMurtry y Howard Fast, entre otros. Autores que han novelado el viaje alucinado a esa América interminable y demencial, un país que también han plasmado con acierto cineastas como los hermanos Coen o los extranjeros, Andrew Dominik, neozelandés, y David Mackenzie, escocés. Precisamente, Radiguès, belga, demuestra la colonización de la cultura estadounidense al saber captar su esencia y trasladarla a la historieta. Es probable que aparte de sus referentes literarios o cinematográficos jugara un papel importante ese road trip por el suroeste americano con, entre otros, su colega Alec Longstreth (Seattle, 1979).

Radiguès acumula en poco más de una década una trayectoria ingente, casi vertiginosa, que merece ser seguida con atención. En la comparación con Forsman, Radiguès gana por su mayor apertura estilística y complejidad con la que sabe dotar a los personajes de sus historias.